Gabriel de Araceli

            Allons enfants de la patrie le jour de gloire est arrivé

      Todos tenemos dos patrias: la de nacimiento y la francesa. Aunque la Francia fuera arrogante en el trato que hizo, en febrero de 1939, a los republicanos españoles; a pesar del colaboracionismo antisemita de Petain y de su ministro Pierre Laval (primer ministro del régimen de Vichy, refugiado en España en mayo de 1945. Franco lo detuvo y lo entregó a las autoridades gaullistas, que lo fusilaron sin piedad ese mismo año. Su Excelencia quería redimirse de su colaboracionismo con el nazismo y se apuntó, la doblez hipócrita de los tiranos, a la victoria de los aliados entregando a un perdedor); a pesar de que sólo en 2017 se homenajeó a los republicanos españoles, alistados en la Columna Leclerc, que liberaron París, en agosto de 1944; a pesar de los terroristas de la OAS que se refugiaron en España: a pesar del ogro Jean Marie Le Pen y de su hijita Marine; a pesar de todas las medidas con las que el primer mundo impide que los desheredados y miserables del tercer mundo puedan acceder al estado del bienestar.

      Quizás sea porque los enciclopedistas abrieron al pensamiento el espíritu crítico; o porque Voltaire bramaba contra la hipocresía de los jesuitas; o porque los jacobinos, en su afán revolucionario, transmutaron el orden realista; o quizás sea porque les copains d’abord fuera lo primero para Georges Brassens; o porque je t’aime, moi non plus nos enamoró a millones de adolescentes sin saber qué coño era eso del non plus, o de que el orden se impuso aquel mayo del 68 en París…

      Así que, gracias a la France, le 14 de juillet, por lo que la cultura gabacha ha aportado al beneficio del pensamiento universal.

Vive la France!

      Aux armes citoyens, formez vos bataillons, marchons, marchons qu’un sang impur abreuve nos sillons.

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Le 14 juillet 2019 à Paris

FEDERICO EL GRANDE

      La pasada que le metió el gran Federico Martín Bahamontes (en realidad se llama Alejandro y ha cumplido ya sus primeros 91 años) a Roger Riviere subiendo el Puy de Dôme, un col hors categorie en el Macizo Central francés, el 15 de julio de 1959, contra-reloj individual, le valió para ganar el Tour de Francia. Aún hoy, 60 años después, no se ha batido el tiempo empleado en la ascensión por el gran Federico (en realidad se llama Alejandro). Y Riviere no era cojo, no. Llegó a ser recordman de la hora y ganar numerosas etapas en las grandes vueltas. Lamentablemente, una fatal caída en un descenso lo dejó en una silla de ruedas y su salud se deterioró irremediablemente. Falleció con 40 años.

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       Federico el Grande (en realidad se llama…) corría en un equipo italiano, el Tricofilina Coppi, que anunciaba un fijador de tupés para hombres guapos. Aquel día parecía un extraterrestre pedaleando sin levantarse del sillín, un astronauta levitando sobre el asfalto (a tramos sí, a tramos tierra apisonada) del Puy, fija la mirada al frente, un torbellino dejaba a su paso arrastrando la admiración del público de las cunetas, con sus caracolillos encumbrándole las sienes, como si fuera el protagonista de un film de Roberto Rossellini. Quizás porque el gran Fausto Coppi le convenció de que lo suyo era la general y no la montaña. Aquella leyenda apócrifa de la parada en lo alto del Col d’Aspin para tomarse un helado, sobrado de fuerzas, mientras los demás agonizaban en el ascenso con mucho retraso… La verdad era que se le habían roto dos radios de una rueda y tuvo que esperar a que llegara el coche auxiliar, pilotado por Coppi, que ascendía torpemente por las carreteras pedregosas de los Pirineos, para cambiarle la rueda.

       Federico El Grande se despedía a primeros de julio de su amada Fermina y se marchaba a las Galias. Ya no la vería hasta primeros de septiembre. Había que ganarse las habichuelas y la castidad conyugal se imponía si querías subir al pódium del Parque de los Príncipes, en París. Federico El Grande se convirtió en un héroe nacional, el recibimiento que le obsequiaron en su Toledo aún se recuerda. No ha habido otro igual en sesenta años.

      Para el franquismo, aquella victoria fue una recompensa inesperada. La propaganda del régimen se dio un festín pantagruélico utilizando la imagen laureada de Bahamontes. Se enmascaraba así la terrible situación financiera que vivía el país: al borde de la bancarrota, la devaluación de la peseta, la llegada de los ministros tecnócratas al Pardo y el plan de estabilización económico. Las fiestas siguieron unos meses más. En diciembre, el 21, el Caudillo se dio otra alegría recibiendo nada más y nada menos que al presidente de los USA, Ike Eisenhower. No le importó nada que Eisenhower fuera masón. ¡Qué bonita aquella foto del comandantín abrazando al gigante Eisenhower!, las sonrisas impostadas del general de la CIA, Vernon Walters, y del super ministro Castiella, que llevaba tiempo renegociando los acuerdos infamantes firmados con Washington en 1953 sin conseguir éxito alguno… La visita duró un día. Mucho menos que el Tour de Francia, pero se le dio aún mucha más publicidad.

      Pero todo eso le importaba poco al Gran Federico, que siguió aún varios tours obligado a ganarse el jornal demarrando como un cohete por los cols hors categorie franceses.

 

EL CANÍBAL

       El 20 de julio de 1969, Eddy Merckx ganaba la 22ª etapa del Tour de Francia, contra-reloj individual de 37 Km entre Créteil y París. Era su primer éxito en el Tour. Eddy Merckx nació en Meensel-Kiezegem, Flandes, apenas un mes después de acabar la 2ª Guerra Mundial. Es hijo de un frutero que se trasladó a Bruselas con la familia en busca de un porvenir mejor. El niño Merckx tuvo que batirse en otro ambiente y con otro idioma, en esa dualidad hostil franco-flamenca que rige la co-habitabilidad del reino de Bélgica, Balduino y Fabiola en el trono del 69. Quizás por eso Eddy fue tan duro y tan agresivo sobre la bicicleta y no le valía más que la victoria. Porque, como Federico el Grande, tenía que llevar un jornal a su casa a diario. Entonces los equipos pagaban poco. El corría en un equipo italiano, el FAEMA, una fábrica de cafeteras. Y ganaba siempre porque necesitaba los premios de las carreras, ganaba todo con ese genio indómito de fiera agresiva que corría para triunfar. Giros, Tours, Milán-San Remo, París-Roubaix, Vuelta. Hasta el récord de la hora batió, sólo superado muchos años después gracias a la tecnología de las ruedas lenticulares y el carbono. Por eso le dolió muchísimo que tres meses antes del Tour, en abril de 1969, cuando arrasaba en el Giro con apenas 23 años, fuera descalificado por un extraño caso de doping.

    eddy-merckx-world-champion-795x1024 Aquella sanción derivó en un incidente diplomático entre los organizadores italianos y el gobierno belga. Se habló de venganza, de la mano negra de la mafia, de irregularidades en los procedimientos de toma de muestras, de… Hubo más sombras que luces en aquella descalificación. Pero el gran Eddy Merckx salió fortalecido y se vengó a lo grande dos meses después en el Tour, machacando sin compasión a todos. Ganó a Roger Pingeon, segundo clasificado a 17’54”, a Poulidor (+ 22’13”, el eterno segundón, un hombre huraño y antipático, que, sin embargo, era muy popular en la Francia del ciclismo), al grandísimo Felice Gimondi, ganó a Gandarias, al grandísimo Joaquim Agostinho. Al ganador del año anterior, Jan Janssen, un dolido corredor con pinta de profesor existencialista de la Sorbonne, le metió 52’56” en la clasificación general. Merckx ganó a todos. Fue el comienzo (ya había ganado un Giro e infinidad de carreras, incluso de pueblo, a las que iba por aumentar su palmarés anual ante la mirada incrédula de los globeros, a los que disputaba los esprines por las calles adoquinadas de Gante, de Antwerpen (Amberes), de Maastricht) de su mando absoluto en el ciclismo a lo largo de una década, de su depredación, todo para él. No aguantaba ser segundo. El gran Eddy Merckx y su mirada asesina: el Caníbal.

 

APOLO XI

      Y el mismo día que Eddy Merckx se enfundaba frente al Arco del Triunfo parisino todos los maillots posibles del Tour (el amarillo, el blanco, el de la montaña, el verde…), un poquito más lejos un hombre pegaba un saltito que marcaría un hito en la historia de la humanidad. Armstrong pisaba la Luna.

      «Un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad» se le escuchó al astronauta decir entre imágenes televisivas borrosas, en blanco y negro y con un sonido lleno de interferencias galácticas. Hay que pensar que cualquier teléfono inteligente actual tiene más tecnología y desarrollo informático que el proyecto Apolo entero. Nos apoyamos en los hombros de los gigantes que nos antecedieron, aquel pequeñito paso de Armstrong.

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     Era el 20 de julio de 1969, el módulo de aterrizaje del Apolo XI se posaba sobre la superficie lunar. Aldrin sería el segundo en llegar, un consuelo. Pero el que se aburrió como una ostra fue el tercer hombre, Collins, allí solito en el módulo de mando, venga a orbitar sobre la cara oculta sin estampar su huella en el mar de la tranquilidad, sin una mala roca que traerse de recuerdo en la mochila. A veces la vida es esquiva, tan cerca y no alcanzar la gloria de pisar la Luna. Aunque lo realmente bello fuera la vista del planeta azul, aquella foto que tomó Collins, o Aldrin, o Armstrong de la Tierra desde el satélite pálido.

      Richard Nixon, el tramposo, presidente desde el 20 de enero de ese año, les felicitó en nombre del género humano. Le faltaban tres años para el Watergate, pero USA había ganado la batalla del espacio. Ya nada sería igual, o sí: los B-52 siguieron bombardeando sistemáticamente a los charlies, los vietcong, por encima del paralelo 17; la CCCP, o URSS, como se quiera, aplicaba su mano de acero en la recién invadida Checoslovaquia; a Kissinger, un maestro en la aplicación del terrorismo de Estado, le dieron en el 73 el Premio Nobel de ¡la Paz! Gadafi se hacía con el poder en Argelia. Y de origen alemán, como el secretario de Estado favorable al uso indiscriminado del agente naranja y el napalm, era también el ingeniero que desarrolló los inmensos cohetes propulsores Saturno V que llevaron al hombre a la luna, Werhner von Braun, un genio de la técnica aeroespacial, que desarrolló las bombas V1 y V2 que aterrorizaron Londres y Antwerpen a partir de 1944, y se alistó, dicen que a su pesar, a las SS. Pero qué importaba eso si los Estados Unidos estaban en la Luna.

      Y en España, qué. Pues un poco antes del Tour, el 4 de enero de 1969, España entregó su colonia Sidi Ifni a Marruecos. Macías, un “marxista-hitleriano” y dictador guineano rompía relaciones con la metrópoli apenas cuatro meses después de obtener la independencia, en febrero. Y mientras Merckx ascendía el Galibier, su excelencia el jefe del Estado y Generalísimo de los ejércitos firmaba birdies (uno bajo par. No eran sentencias de muerte, no, esas llegaron después) en el Golf de la Herrería, en El Escorial, a la sombra de Felipe II. También le dio tiempo a cesar a Castiella, en octubre, como ministro de Exteriores. Le sucedería Gregorio López Bravo. El Opus al poder que sus hijos ya están en él. Carrero se imponía como delfín del césar visionario.

 

PRIMUS CIRCUMDIDISTE ME

      El 20 de septiembre de 1519 parte de Sanlúcar de Barrameda una expedición compuesta por cinco naos y 265 hombres, comandada por Fernando de Magallanes y al servicio del rey consorte de Castilla Carlos I, nacido en 1500 en Gante (donde Eddy Merckx disputara 450 años después a los globeros gordos los premios de la montaña). La verdadera reina era su madre, Juana, que lo fue hasta su fallecimiento en 1555. El emperador Carlos apenas si fue rey titular un año, hasta 1556, cuando abdicó en favor de su hijo Felipe II. El objetivo comercial de la expedición era buscar una ruta que llevara, siempre la proa a poniente, hacia las islas occidentales y poderse lucrar de las riquezas que aquellas tierras lejanas producían. El 12 de enero de 1520 la expedición de Fernando de Magallanes se adentraría en el estuario del Río de la Plata creyendo que lo hacía en el océano Pacífico. El paso hacia el Pacífico estaba, sin embargo, mucho más al sur.

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Juan Sebastián Elcano

      Fernando de Magallanes falleció el 15 de abril de 1521, en una reyerta contra un reyezuelo tribal de lo que después fueron las Islas Filipinas. Y el capitán superviviente de aquella aventura, el vasco de Guetaria Juan Sebastián Elcano, completaría la primera vuelta al mundo con apenas 18 hombres de los que zarparon de las costas gaditanas y al bordo de la nao Victoria. Una aguja de marear (una brújula), un sextante para tomar la altura solar al mediodía (los cronómetros marinos aún no existían) y unas cartas marinas llenas de imprecisiones era toda la tecnología que utilizaron aquellos héroes marinos que circuncidaron el orbe. Ni GPS, ni whatsapp, ni Facebook, ni teléfonos por satélites, ni siquiera un saco de patatas para prevenir el escorbuto, luchando contra las tempestades terribles del Pacífico, contra maremotos, contra tsunamis, con el afán de vencer. Si el Apolo XI fue un acontecimiento mundial, la llegada de la nao Victoria, el 8 de septiembre de 1522 y su capitán Elcano (fallecería apenas tres años después, en la mar que le daría la gloria, el Pacífico) apenas si despertó en su arribada un sentimiento de desconfianza, o de prevención, contra aquellos piojosos y esqueléticos marinos que acababan de dar la primera vuelta al orbe conocido.

 

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José Caballero Caballero, exiliado republicano, héroe de la Resistance, Caballero de la Legión de Honor y participante en la liberación de París. Vivió en Annecy, Haute Savoie. Fallecido en 2014.

     Juan Sebastian Elcano, los brigadistas de la Columna Leclerc, Fede Martín Bahamontes, Eddy Merckx, Armtrong, Aldrin y Collins: Nous entrerons dans la carrière. Quand nos aînés n’y seront plus. Nous y trouverons leur poussière. Et la trace de leurs vertus.

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