Ángel Aguado López

     Un jurado presidido por Luis Alberto de Cuenca y Prado e integrado por José Antonio Cordón García, Fernando Marías Amondo, Emilio Pascual Martín, Rosario Martín Ruano y Eduardo Riestra Martínez-Losada, actuando como secretario Ignacio Gallego Macías otorgó a PATAGONIA el pasado septiembre el Premio «Ciudad de Salamanca» de Novela, 2018.

     La novela tiene como protagonista a Ángel Cabrera Latorre, insigne zoólogo y paleontólogo, que desarrolló su carrera entre España y la Argentina durante la primera mitad del siglo XX. Gracias a la Junta de Ampliación de Estudios recibió una beca para ampliar sus estudios. Fue colector en el Museo Nacional de Ciencias, donde desarrolló una labor extraordinaria. Formó parte, entre otra infinidad de proyectos, del grupo que montó el Dinosaurio Carnegie, en 1913. Santiago Ramón y Cajal, a petición del matemático Rey Pastor, le recomendó para un puesto vacante de profesor en el Museo de Ciencias de La Plata, Argentina, donde se trasladó con su familia en 1925.

     PATAGONIA se presentará el próximo jueves, 14 de febrero de 2019, a las 19:30H, en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, en Madrid, C/ José Gutiérrez Abascal, 2, y al acto están invitados todos aquellos que aman los libros y la ciencia.

 

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Este es un extracto de la novela ganadora:

     —¿Que por qué me enamoré de ti? Porque me resultabas divertido. Eras un aventurero. Lo bien que hablabas de cualquier cosa, que parecías un sabio loco. Sí, un poco chiflado, tan delgado, con aquellos trajes tan encorsetados y tan académicos, los cuellos de acetato tan rígidos, que te daban un aspecto de juez togado, con aquel bigote de caracolillos más propio de un poeta que de un señor tan listo, pero me gustaste desde el primer momento. La seriedad de tus gestos, los buenos modales, lo educado que eras. Sí, aunque tampoco era cosa de salir corriendo detrás de ti voceando que me gustabas, no, que eso te habría hecho perder el interés en mí. Así que tuve que fingir haciéndome la dura, como si no fueras más que un pretendiente, como si no me importases, un señor al que apenas conocía y al que no podía abrirme sin más.

     —A eso jugábamos todos. Yo presumía de ser un eminente letrado, un doctor en filosofía y de lo único que sabía era de etología, de la Comisión Científica del Pacífico. Gracias a eso me hicieron naturalista agregado en el Museo, recuerda lo que ganaba yo entonces, cuando te conocí en El Retiro.

      —A mis amigas no le parecías un buen partido. Ellas buscaban alguien de posición distinguida, algún heredero con fortuna, de buena familia. Y me decían que una señorita como yo con tanta alcurnia, hija de un héroe de la patria no podía conformarse con un sabio, que sí, que sabrías mucho de todo, pero que los genios en España no ganan dinero. Que si me casaba con un sabio no podría disfrutar de la vida que una señorita de mi posición se merecía, que tenía muchos pretendientes, que aspirase a algo mejor.

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—Y te buscaste a Saturnino.

     —¡Ay, el pobre Satournin! Bueno, de pobre nada. Que era el hijo de un consejero del Crédit Lyonnais, un amigo de papá de Filipinas, que papá le había facilitado algunas gestiones allí en Manila. Entonces, en 1898, el Crédit Lyonnais era el mayor banco del mundo y quería introducirse en Filipinas, aunque no podía ser porque España no permitía que entrara capital extranjero en sus colonias. Y bueno, papá les hizo algunos favores; a Henri Germain, uno de los dueños, le presentó al gobernador militar, al delegado del gobierno, personas así. Y después, Germain siempre fue muy atento con papá, siempre le correspondía con atenciones. No vayas a creer, él tenía su sueldo de militar, pero siempre vivimos muy bien, con chachas y criados y veraneos en San Sebastián. Y Satournin era hijo de Germain, pero todo lo que de listo tenía el padre lo tenía el hijo de tonto, de engreído, de fatuo. Pero yo me hacía la ingenua. Y cuando adiviné tu interés, más todavía. Era un pretencioso, el Satournin, me invitaba a la ópera, socio del Casino de Madrid, se hospedaba en el Gran Hôtel de Paris, en la Puerta del Sol, a veces me llevaba a Lhardy y yo me dejaba querer. ¿Qué quieres, ser feliz o un buen partido? Eran otros tiempos, las mujeres teníamos que hacernos de valer. Teníamos que ser fuertes y tener todos los cabos atados antes de elegir.

—Y tú elegiste ser feliz.

—Sí. Y lo fui.

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Ángel Cabrera y María Natividad Aguado, sobre 1906, en Madrid.

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