Gabriel de Araceli, fotos: Terry Mangino

 

    Cuida tu corazón, que no sufra, cuida tu corazón, que no llore, cuida tu corazón, que no tenga mal de amores…

 

    El doctor Valentín Fuster habla pausadamente porque ha elegido el oficio de escuchar, de atender en silencio las confidencias que le hacen sus pacientes. A veinte recibe a diario en su consulta del Hospital Monte Sinaí, en Nueva York. Un hospital que asiste a un amplio espectro social. Desde millonarios —«brokers (corredores de bolsa) de Wall Street atrapados por el estrés de las finanzas», dice— hasta indigentes del barrio de Harlem, próximo al centro hospitalario.

     Su vocación de médico le llegó a los 17 años, casi deportivamente. Entonces era una promesa del tenis, disputaba la final de un torneo juvenil en Miami, podía haber sido el sucesor de Manolo Santana y haberse decidido por esa vida de opens, grands slams y masters 1000, de tierra batida o superficies rápidas, de la copa de maestros o de la Davis. Pero perdió aquel partido y la ciencia ganó un cardiólogo. Le dieron una beca para los cursos de verano de la Menéndez Pelayo, en Santander. Y allí decidió que quería ser investigador. «Tú tienes que ser médico», le sugirió en sus comienzos el profesor Pedro Farreras Valentí, un acreditado especialista de Medicina Interna que fue su mentor. «Y seguí sus consejos, me encarriló bien, tuve la suerte de que alguien confiara en mí». Después, cuando acabó la tesis doctoral sobre las causas desconocidas del infarto y su aportación a la medicina empezó a reconocerse se vio obligado moralmente a apoyar a los jóvenes como antes le habían apoyado a él, a traspasar a los nuevos estudiantes lo que antes él recibió: el conocimiento, el amor a la ciencia, la entrega al paciente, la humildad de la sabiduría. Aunque se siente incómodo cuando le tratan de sabio: «cuanto más investigas más desconoces», asegura.

     «El estrés afecta a la salud del corazón, pero es más indirecto. Son más nocivos los hábitos cotidianos, la falta de ejercicio, la mala dieta alimenticia, el tabaco, la obesidad, el consumo» cuenta al auditorio entregado de la Fundación Juan March, donde pronuncia una conferencia el 14 de diciembre de 2018.

     «No leer los periódicos para no dañar al corazón» es el mejor consejo para mantenerse sano, asegura jocoso cuando se le pregunta sobre cuáles son los problemas que atentan contra la salud del individuo del siglo XXI. «La vida es una competición constante. Tienes que decidir en qué no compites, evitar la agresión del día a día. Moverse y tranquilizarse. El problema del corazón está aquí arriba —dice señalándose la cabeza—, hay que sentarse y pensar, reflexionar qué hacemos a diario, con quince minutos de reflexión podemos darle al corazón mucho tiempo de salud. Esa puede ser la clave para evitar riesgos coronarios».

     Y sobre la tan elogiada dieta mediterránea comenta que «yo no la veo por ninguna parte, no existe en España. Se ha perdido por la importación de hábitos espurios, el consumo la ha eliminado, se ha normalizado la alimentación basura».

     Y alerta de cómo las costumbres cotidianas dañan la salud: «El 30% de las enfermedades mentales cognitivas —el Alzheimer, entre ellas— tienen su origen en factores de riesgo que podrían evitarse con una alimentación más sana y costumbres más racionales. El consumo ha conseguido que no desechemos los riesgos que conllevan esos hábitos. La diabetes, la hipertensión y el colesterol minan durante décadas el organismo humano y son los causantes de gran parte de esas demencias seniles. Se podrían evitar muchas enfermedades simplemente eliminando las glucosas, el tabaco, el alcohol y utilizando el talento, hay que ser positivo y pensar. Parece que nos pasamos la vida criticando nuestra situación, compadeciéndonos a nosotros mismos. Hay que aceptar quién se es, mantener una actitud positiva para evitar los baches que irremediablemente afectarán nuestra salud. Aunque, en la sociedad actual el problema es saber en qué consiste la salud. Hay que hablar de promover la salud más que de prevenir enfermedades, inculcar una conciencia sana. La salud es un problema de conducta, de enseñanza».

     Y denuncia la presión que las grandes marcas de alimentación y las tabaqueras ejercieron en USA durante la administración del presidente Clinton, para evitar que se incluyeran 70 horas de conocimientos sobre salud, alimentación y hábitos higiénicos en los programas de salud en la enseñanza primaria. Fuster colaboró en el célebre programa Barrio Sésamo, de la televisión pública norteamericana, divulgando conocimientos que contribuían a la expansión de costumbres infantiles saludables. No lo consiguió, venció el consumo. Sin embargo, en Colombia sí ha triunfado el programa de enseñanza infantil, donde Fuster se ha empeñado en propagar los hábitos saludables transformándose en un muñeco televisivo al que siguen más de 70.000 niños: el Doctor Ruster.

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     La familia es para Fuster un pilar fundamental, su pedestal en el que se apoya para mantener su equilibrio personal. Premiado internacionalmente por infinidad de universidades y organismos públicos, el doctor Fuster no parece muy afectado por tantos honores: «Siempre gusta recibir premios, pero el mejor premio es trabajar cada día en beneficio de la salud del individuo». Las aficiones sirven para mantenerse ilusionado. Lo que a uno le gusta previene dolencias y achaques: «Escribir y leer, esas son mis aficiones. Y el cine, tengo más de 400 horas de grabaciones que hago con mi cámara. Creatividad y motivación, hacer siempre algo nuevo, algo que te genere las ganas de vivir». Sigue practicando deporte de forma habitual. Cambió la raqueta por la bicicleta y se jacta de ser un sufrido ciclista, seguidor del Tour y de ascender todos los veranos uno de los grands cols hors categorie. «El Col de Portet, en los Pirineos, ese me lo he subido este año», asegura emocionado.

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     Y tiene un recuerdo para su amigo entrañable José Luis Sampedro, con el que escribió un ensayo: La Ciencia y la Vida: «José Luis sí que era sabio, un científico enorme, un humanista delicado y una persona humilde». Y quizás le asalta un rictus de escepticismo cuando piensa sobre la desatención que la Administración muestra a la ciencia y al conocimiento: «La ciencia en España no ha sido nunca valorada. De las cien personas más valoradas en nuestro país apenas si hay científicos. Sin ciencia no vamos a ningún sitio», se queja como rememorando un pensamiento que ya atemorizaba a Ramón y Cajal hace más de un siglo.

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