Pascual Izquierdo. Fotos de Terry Mangino

          El poeta y crítico literario Pascual Izquierdo analiza el paisaje urbano madrileño descrito en El Diablo de la Guarda, obra de Alfredo Alameda y lo compara con el Madrid galdosiano.

     El conocimiento que posee Galdós del Madrid isabelino y del Madrid de la Restauración es amplio y exhaustivo, y abarca todos los escenarios sociales, hasta el extremo de alcanzar los hostales más humildes y las llamadas casas de dormir utilizadas por las capas más desfavorecidas de la sociedad.

La Cava de San Miguel donde encontró Juanito Santa Cruz a Fortunata y donde esta tuvo a su segundo hijo. Tras su muerte, se apoderaría del pitusín Jacinta, como una metáfora del capital que se adueña del fruto del proletariado sin ningún escrúpulo.

       Aparecen en Misericordia desde los centros culturales que fueron frecuentados por Frasquito Ponte en sus años de esplendor (entre ellos, el Teatro Real, entonces destinado a las representaciones de ópera) hasta los lugares que mejor evocan el Madrid isabelino (calle de Toledo, puerta de Hierro, las tabernas de la Cava Baja, la Plaza Mayor, Cuatro Caminos, Chamberí, el Viaducto, la calle Mesón de Paredes, la Ronda de Toledo, la Fuentecilla de la Arganzuela, la plazuela del Ángel, la calle de Atocha, etc., etc.).

      Particular interés encierran en Misericordia los escenarios de la postulación y los itinerarios de la miseria. En el primer apartado, todos los lectores de la mencionada obra recuerdan, por su magisterio descriptivo y su brillante caracterización de personajes, el primer sitio donde comienza la novela: el atrio de la iglesia de San Sebastián, pues es allí donde se despliega en ordenada jerarquía el escuadrón de pobres que todos los días tienden las manos hacia los feligreses. A medida que transcurre la acción narrativa, este primer lugar se va completando con otros, casi todos situados en las proximidades de las iglesias y los conventos como son la capilla de los Irlandeses, el Oratorio del Olivar, la puerta de San Justo o la iglesia de San Andrés.

La iglesia de san Andrés vista desde la calle Tabernillas, donde Fortunata se estableció en la tercera parte de la novela aconsejada por Evaristo Feijoo, su benefactor, el alter-ego de Galdós, que vivía no muy lejos de ahí, en la calle Don Pedro.

El itinerario de la miseria recorre una amplia muestra de ámbitos urbanos, que abarca desde las casas de Ulpiano (quizás el peldaño más bajo que en la novela alcanza el proceso de degradación humana) hasta las Cambroneras, donde Benigna realiza el primer milagro en su bajada a los infiernos de la pobreza extrema. Sin olvidar la casa de Bernarda (llamada con ironía por Galdós los palacios de Bernarda), donde se proporcionaban dormitorios a dos reales la cama; la barriada de las Injurias, conjunto de viviendas suburbiales donde hormigueaban familias indigentes; y el parador de Santa Casilda, que en palabras del propio Galdós era una «vasta colmena de viviendas baratas alineadas en corredores sobrepuestos. Éntrase a ella por un patio o corralón largo y estrecho, lleno de montones de basura, residuos, despojos y desperdicios de todo lo humano».

      Madrid se presenta en El Diablo de la Guarda como un escenario completo y complejo, exhaustivo y vivido. Sobre todo, vivido. Vivido y también recreado como telón urbano y novelesco. Pero la ciudad se contempla desde diversas perspectivas, es decir, con diversas miradas: la que procede de los ojos asombrados de los dos hermanos, la que registra la curiosidad del padre Teruel y la que muestra la visión omnisciente del propio narrador.

      A los ojos asombrados de los recién llegados, la ciudad es color y movimiento, velocidad y ruido. Prisa de los peatones que recorren las aceras, de la multitud que camina en todas las direcciones, de los clientes que entran y salen de las tiendas. Vértigo de los tranvías y autobuses que suben y bajan por las calles, que se detienen en las paradas, que vomitan viajeros con incesante frecuencia.

Este año se cumplen 175 años del nacimiento de Pérez Galdós, en Las Palmas de Gran Canaria

      El Madrid que se registra en la visita del padre Teruel y el capitán Gúmer se detiene un instante en la cuesta de las Perdices para ofrecer una panorámica general y luego recorre La Moncloa, la calle de la Princesa, la plaza de España hasta llegar a Callao, donde se detiene para señalar la arquitectura de los edificios, la prestancia de los comercios, la prisa de los peatones, el movimiento de los autobuses Leyland abarrotados de pasajeros y el colorido de los carteles pintados a mano que anuncian próximos acontecimientos cinematográficos. Luego sigue por la puerta del Sol, el café de Levante, la Plaza Mayor y la calle Mayor, hasta desembocar en la tabernita de la calle Moratín.

20170930_182258

La Plaza Mayor, paisaje omnipresente en muchas de las novelas de Galdós.

      El Madrid que ofrece la visión omnisciente del propio narrador abarca todos los aspectos de la vida y la sociedad de la época: desde los espacios exteriores a los ámbitos domésticos, pasando por las costumbres sociales y las formas de vida, así como por los numerosos detalles relacionados con el discurrir diario. De este modo, sabemos dónde viven los personajes, qué comen, qué beben, qué coches conducen, cuáles son las marcas de los cigarrillos que fuman, en qué bares entran, qué calles recorren, qué ambientes frecuentan, qué periódicos leen, qué escaparates examinan, qué películas ven anunciadas en los cines de la Gran Vía, qué canciones y noticias oyen en los aparatos de radio, qué retratos presiden los despachos, que no son otros sino los de Franco y José Antonio. Desfilan por las páginas del libro desde un campamento gitano a una comisaría, desde un internado de religiosos a un cabaret, desde una pensión donde viven las cabareteras a un barrio humilde que se acaba de construir, desde el lago de la Casa de Campo a una sórdida habitación donde se practica un aborto, desde las estaciones del Metro al entonces famoso local de los Sótanos, desde un gimnasio de boxeo a una casa donde asoma una modernidad insólita que, por sus canciones en inglés, su color y extravagancia, rompe con el ambiente pacato, circunspecto y grisáceo de la década. Y hasta se cuelan subrepticiamente en el relato novelesco ciertas notas de la realidad política cuando se alude a la manifestación del primero de mayo, menos sumisa de lo que contaba la radio.

Pintura mural en el Pasadizo de San Ginés, entre Mayor y Arenal.

La importancia de la comida en las dos obras literarias

     Los personajes de Misericordia siempre están pensando en comer, aunque muchas veces no tengan (o quizás precisamente por eso) los reales necesarios para hacerlo. Desde los mendrugos centenarios que, en casos de emergencia, sustentan la cuadrilla de pobres que se aprieta en el atrio de San Sebastián al real de guisado que Frasquito Ponte ingiere en el figón del Boto, todo gira sobre la comida que no se tiene y se sueña.

     Como, por ejemplo, sucede en casa de doña Francisca donde, ante la ausencia de viandas («no había más que algún resto de cocido del día anterior, casi avinagrado ya, y mendrugos de pan duro» puntualiza Galdós) los vecinos, «enterados del conflicto tan grave, ofrecieron a la ilustre viuda algunos víveres: éste, sopas de ajo; aquél, bacalao frito; el otro, un huevo y media botella de peleón».

     En una ocasión se menciona que doña Francisca y Benigna cenan «un huevo batido en vino y unos pedacitos de pan». Y se subraya como hecho extraordinario que, con los dos duros que le dio a Benigna don Carlos Moreno Trujillo, avaro acreditado y apóstol del apunte contable, la caritativa e ingeniosa Nina, en el colmo de la esplendidez, prepara para Obdulia y Frasquito Ponte una tortilla de escabeche y chuletas con patatas fritas.

     Por su parte, en El Diablo de la Guarda la comida se muestra como un requisitoBahamontes imprescindible de los actos sociales, como si formara parte de la liturgia de la normalidad. No hay hecho narrativo de mayor o menor rango, encuentro que se precie o acontecimiento de cualquier naturaleza que no se acompañe del correspondiente café con bollos, de las copas que procedan, las viandas que se tomen o las bebidas que se ingieran. Y así, en este contexto destacan como manjar codiciado las alubias de Tolosa que, en la tabernita de la calle Moratín, pretenden degustar el padre Teruel y el capitán Gúber, pero que tienen que ser sustituidas por unos callos a la madrileña que son merecedores de elogio y reciben el maridaje de un vino espeso y negro del Tiemblo, mientras a los comensales les contempla desde una pared la imagen de Bahamontes vestido de amarillo que alza los brazos en el parisino podio del Parque de los Príncipes tras haber ganado el Tour en 1959.

      Dignas de reseña son las raciones de calamares que los dos hermanos, en compañía de Nico, despachan en un bar cercano al mercado de San Miguel, colación que en este caso recibe el riego de un par de cañas y un cortito con Revoltosa para el benjamín del grupo. Calamares que vuelven a aparecer al llegar a la calle de Alcalá, cuando Lorenzo lleva a cabo un recorrido por la plaza de toros de las Ventas y, tras desembocar en la arteria mencionada, entra en el bar llamado El Brillante. En El Diablo de la Guarda los detalles gastronómicos casi siempre acompañan a cualquier episodio novelesco. Repárese en el menú que prepara Josefa para celebrar el reencuentro con su hija Nati: almejas a la marinera y lomos de bacalao con alcachofas. No falta el vino, que se está enfriando en la nevera de la vecina Mati, ni un buen surtido de pasteles de postre compuesto de bartolillos, hojaldres, pasteles rusos y torrijas. Acompaña a los dulces una botella de anís del Mono. He aquí, perfectamente detallado, un menú de fiesta. Un menú sin duda excepcional, que suena lujoso y exquisito para la época. Echo en falta que el autor no precise si era blanco el vino (exigir que se puntualizara que fuera un verdejo de Rueda o un macabeo del Alto Turia sería excesivo para la cultura enológica de la época).

       Debe también prestarse atención a la comida que, en un mesón de Segovia, comparten el cura Teruel y el capitán Gúber: morcilla de Cigales, salchichas de Zaratán con ajo de Vallelado y, de postre compartido, soldaditos de Pavía. De riego, una frasca de tinto de Villamuriel, de la que no quedó ni una gota. Para rellenar posibles huecos, mantecados de Portillo. En concepto de licores, aguardiente de mora. En el apartado de cigarrillos y habanos, un Rumbo y un don Julián del número 1. La degustación parece una síntesis muy elaborada de la gastronomía castellana.Libro_alfredo

Capítulo de conclusiones

     Dos conclusiones para cerrar este trabajo. La primera, subrayar que se podría decir, sin asomo de exageración, que si la fantasía caritativa de Benigna salva de la abyección doméstica y de la ultima humillación personal a doña Francisca, la frialdad justiciera y vengativa de Lorenzo redime de su mediocridad social a la familia que le acogió.

     La segunda se refiere a que El Diablo de la Guarda puede ser entendido como un gran fresco de los años 60. Un gran fresco de la época, que recoge con encomiable minuciosidad y precisión en los datos, con fidelidad y capacidad evocadora, cómo fue aquella década que a muchos de los aquí presentes nos tocó vivir y que esta novela revitaliza con sabiduría narrativa y con una notable riqueza de detalles que contribuyen a dibujar una ambientación rigurosa y total.

 

El Diablo de la Guarda

Anuncios