Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

       La principal arteria de Madrid acaba de lavarse la cara y ponerse guapa. Sus edificios son una antología de la arquitectura del siglo XX. Por sus algo más de mil trescientos metros de longitud se ha escrito la historia de la ciudad. En ella, la vida ocupa cada uno de sus rincones.  El río de personas que transcurre a diario por su cauce es como un torrente inagotable de todos los ejemplares humanos que conforman la sociedad madrileña, posiblemente una de las más tolerantes y abiertas con el visitante, con el diferente. Cualquiera que la recorra percibirá una acogida amable, difícil de encontrar en cualquier otro rincón urbano.  La Gran Vía tiene su razón de ser cuando se humaniza, cuando sus aceras se llenan de gente, de vida. ¡Arriba urbanita! A galoparla, a patearla. Corra vecino, forastero, visitante a disfrutarla antes de que algún consistorio populero la privatice y la venda a un fondo buitre que cobre un peaje por transitarla. Una calle pública de gestión privada, lo llamarían. Ya lo habrán pensado. Seguro.

 

 

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