Rafael Alonso Solís

         En una redifusión del reciente encuentro entre los dos ex presidentes del gobierno que más han durado en el poder, el flujo de micro-opiniones en directo resultó un ejemplo de la curiosa polarización de la sociedad española. Curiosa porque la respuesta de quienes parecían seguirlo en tiempo real no se recibía como una manifestación del posicionamiento entre la socialdemocracia y la derecha caudillista, sino entre quienes se mostraban admiradores de la sabiduría de los dos líderes rescatados del ataud y los que los metían en el mismo saco, sospechando que el elegante floreo y el buen feeling exhibido no eran otra cosa que la continuación de sus más que probables encuentros en la cola de la ventanilla de Endesa y otros oficinas del paro de élite. En realidad, mi seguimiento del debate que no fue se llevó a cabo en forma de Guadiana, yendo y viniendo, intentando detectar algún atisbo de madurez intelectual y conectando de vez en cuando con el interés por contemplar una visión contrapuesta del mundo, para acabar volviendo a sumergirme en el sueño provocado por la profundidad inasible del diálogo. Por ese motivo, seguramente tuve la desgracia de perderme los momentos más brillantes, aquellos en que los dos célebres estadistas, situados otra vez en la pomada de la opinión como consecuencia de la nueva escenografía de El País y oportunamente extraidos del rincón de la historia, nos iluminaban con la visión de su amplia experiencia y la calidad de sus contactos con los mandos intermedios de la familia.  Es muy posible que mi mala suerte y mi falta de constancia me impidieran aprovechar la rara ocasión para ilustrarme. De vez en cuando, algún destello y alguna frase captada a vuela pluma sugerían que hablaban de la Constitución y la necesidad de su reforma, sin que se entendiese si estaban a favor o en contra, o si en realidad estaban a favor de las dos cosas o de ninguna de ellas, debido a que había que analizarlo a la luz de complicados elementos estratégicos, que podían justificarlo o no, sugerir la conveniencia de un estudio específico o concluir que la complejidad del problema aconsejaba su congelación. En el fondo, ambos parecían dos empleados de la misma empresa que habían desempeñado sus cargos en diferentes departamentos de la compañía, o puede que en los mismos, pero en distintas épocas y, tal vez por ello, con diferente hoja de ruta en lo que se refiere al cronograma, la velocidad de marcha y el color del dinero. Una impresión apresurada indica que el tiempo les ha afectado de forma diferente, dentro de la homogeneidad inevitable de la biología. Mientras que uno se ha puesto fondón y adquirido una expresión de banquero bonachón, al que sentaba mejor la pana que la corbata, el otro marca tableta con el mismo orgullo con que estira el hocico, en un gesto como de mangosta insensible, mientras se contonea con idéntico aire fanfarrón que los chuletas de barrio que se visten con trapos de pasarela.

     
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