Gabriel de Araceli

     Fue bueno lo del eclipse, mi viejo, allá en la playa de en medio, junto a la bodeguita, que todo era salitre y mojitos, la negra Ataúlfa enganchada a mi vientre, tremendas caderas la de la negra Ataúlfa, sí, que no me dejaba respirar de tanto apretarme, que todo eran bocas y besos y bocas y besos, ahorita aquí arriba, ahorita ahí abajo, chupa, que te sorbe, que yo no sabía si me iba a comer vivo, sí, que miedo me daban aquellos dientes tan blancos no fuera a apretarme tanto que me rebanara la virilidad. Pero no, que la negra Ataúlfa es muy diestra en lo suyo, maestra en el arte de relamer y relamer, pero contenida, que nunca se le va de la lengua, ese genio chanchán que solo tienen las hembras bravas. Así que yo me animé en exceso porque los labios de la negra Ataúlfa despiertan a los muertos. Sí que me puso fiero la negra Ataúlfa, sí, ese canela pérfido de su piel de seda, la muy zaína, que sabe maniobrar por entre la espesura de los hombres hasta hacerlos zozobrar en torrenteras, que no hay otra igual, un corderito parecíame yo entre sus brazos, la luna apenas un tizón apagado en el cielo, como en diferido que diría doña Lola, y Marte en conjunción, apuntando traidor que allí iba a pasar algo. Así que me pegue bien fuerte a la negra Ataúlfa, como una lapa, que hay que decir que la negra Ataúlfa parece una gimnasta, toda flexibilidad, tan pronto en la oreja como en el dedo gordo del pie, como en la barriga como en la nalga, toda agilidad y pericia. Y qué pasó más, me preguntás. Pues pasó que la luna empezó a negrear, que parecía un melocotón en vino tinto y aquello se puso oscuro, oscuro.

—No, no pregunto qué le pasó a la luna, pregunto qué les pasó a Ataúlfa y a vos, compadre.

—Mire, mi viejo, pasó lo que les pasa a los hombres y a las mujeres cuando se alteran, cuando se enzarzan y enredan en el amor, que la negra Ataúlfa es gran gemidora, que a veces parece Cecilia la Bartoli, porque es todo forza ragazza no más, y a poco que empezamos las friegas y los roces se nos desencadenó la pasión y allá todo fueron  sostenuttos y prestissimos, la negra Ataúlfa entre sacrificium y vivaldis y yo de alto cedro voy para Marcané  llego a Cueto y voy para Mayarí, que me temía que algo se me venía y tuve que contenerme y hacerme el duro no más, mirando como la luna se blanqueaba por un extremo como si se maquillara la cara con harina, mientras que la negra Cecilia entonaba cada vez más presto e con moto y la luna más blanca e con brillo, enseñando su careto de máscara veneciana, Marte declinaba y Ataulfa la Bartoli, gorgorito in braccio a mille furia, y yo como que el cariño que te tengo no te lo puedo negar y la luna cada vez más blanca y más entrometida, mirándonos sin pudor con aquellos ojazos como de carrara que era una curiosona bellaca y mi negra Cecilia toda sento che l’alma freme se me sale la babita yo no lo puedo evitar y la quella l’amor sprezzato dentro al pensier mi desta y todo fueron chanchanes y furias milles, mi viejo, entre los palmerales, toda la luna entera llena de cal que nos miraba y nos remiraba y de tanto ajetreo y conjunción caímos en el sueño la negra Ataúlfa y yo, rendidos por el amor de la luna traidora que nos eclipsó los sentidos y alteró la razón, ¡ay, mi viejo!, que se nos hizo de día, que fue despertarse del sueño y descubrir la triste realidad del polígono industrial que nos rodeaba, nada de palmeras ni mojitos ni la luna en el mar riela, que acaso unos botes vacíos de mahou y los restos de una pizza malcomida, las vallas publicitarias de un centro comercial anunciando las rebajas.

Fotos de Terry Mangino

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