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Gabriel de Araceli. Fotografías de Terry Mangino

     —Solo la peineta de carey me costó 500€, y otros 500 la mantilla de chantilly y pedrerías. Y el vestido de terciopelo bordado, imitación de Balenciaga, otros 500. Que me salió por una pasta la Procesión de los Alabarderos. Porque no podía ir así, de trapillo, que después doña Cayetana nos mira mal, la cofradía del santo sepulcro, los muchachos, los de la Guardia Real, ya sabes, con esos calzones apretados, que se les marca todo, en fin, que dios me perdone los malos pensamientos.

     —Uy, pero tú vas al cielo, es como pagar un seguro —le dijo Lola a doña Pura. Aunque eso de rezarle a una imagen cadavérica que te amenaza con el fuego eterno no lo acababa de entender. Por lo menos ella se lo pasó de vértigo el finde en Madrid. Se tiró todo el orgullo besos por aquí, roces por allá, incluso una arremetida con una desconocida, ¿o era desconocido?, que se dio en un bar en Chueca, no lo recordaba bien, demasiado alcohol, aún tenía resaca. Bueno, pensó, lo mío también es por una buena causa, la reivindicación de los derechos de los transexuales y la aprobación de la ley de igualdad de las personas elegetebei.

     —El tatoo del conejito en el ombligo, 200, pero me han dicho que me lo puedo borrar. Aunque no sé, tantos pinchazos en esa zona tan delicada, ¿sabes?, no termina de gustarme. El piercing, el imperdible en el… sí, ahí, otros 200, porque es de plata inalterable, bañado en oro y no produce alergias.

    —¡Qué te has puesto un imperdible en el..! —Doña Pura fingió un gesto de estupor y dirigió a Lola una mirada recriminatoria. Aunque bien pensado podía probar. La idea la perturbó, sintió como si se le alterasen las entrañas. Total, doña Cayetana no se iba a enterar y tampoco tenía tanta fe en el del madero. Ya era hora de darse una alegría, no todo iba a ser rezar, quitarse el disfraz de beata. Lo de la cara de sorpresa que le puso a Lola era… sí, un “postureo”, así lo llaman ahora, se dijo.

    —Pues a mí el imperdible, como tú dices, Pura, me costó 300. Y ahora me arrepiento, porque eso de que iba a tener unos orgasmos explosivos, ¡mentira! —soltó a bocajarro Soraya—.  Me lo puse cuando lo de Neptuno. Sí, lo de la copa esa que ganó mi Atleti, lo hablé con Manolo y se puso que no veas… Y ahí sigue, sin estrenarse, Manolo… na de na, los hombres ni te miran el artefacto, todo se les va en empujar y empujar hasta… lo suyo. Y yo allí, en Neptuno, toda rojiblanca, disfrazada por una buena causa, celebrando la victoria, que me costó una pasta el imperdible, el vestido hecho a medida. Y el maquillaje, toda la tarde en el esteticista, un chino, que no me entendía, lojo no, rojo, rojo, por ahorrarme unos euros. Eso sí, los periodistas, los fotógrafos todos pendientes de mí esa tarde, salí en Telemadrid, como Simeone.

     El camarero del Café Barbieri les dejó el cubo con los seis botellines de Mahou, el segundo. Las tres mujeres tan normalitas pasaban desapercibidas entre el público del café. «Tres amas de casa que se cuentan sus problemas matrimoniales» pensó un momento aquel hombre que escribía lo que escuchaba, la oreja atenta a la conversación de las señoras. Parecía Ian Gibson, parecía.

    «Cómo va a ser una buena causa disfrazarse de rojo y de blanco. Esta Soraya ha perdido la razón. Y también con imperdible, por un hombre, ni que tuviera quince años… Y marcharse ahí, a Neptuno, enfrente del Palace, donde tomo yo el brunch los domingos por la mañana con doña Cayetana, no puede ser una buena causa eso del fútbol, como si fuera un tiorro» se dijo para sí doña Pura mientras sonreía a sus amigas como agradeciéndoles sus confidencias.

     «Anda que está buena esta doña Pura. Más le valía quitarse el luto y venirse al orgullo, o a la calle Pelayo, a ver si le sale un novio y le quita las telarañas de las entrañas. O una novia, que se diera un homenaje transexy o elegetebei… y menos andar con gazmoñerías y rezos fúnebres y balenciagas de mentira, que se le pasó el arroz hace ya tiempo» pensó para sí Lola y dirigió una sonrisa a sus amigas.

     «Pues anda que no se ha vuelto idiota la Lola con la novia esa que se ha echao. Si yo la recuerdo de siempre morreándose por los bares de Lavapiés con tíos. Si ha tenido un montón. Y ahora, ¡que se ha hecho torti! y que se ha puesto un imperdible ahí. Vamos, a mí ni se me ocurre, con lo que debe de doler. Cómo que me lo voy a creer. Ni por una buena causa ni por nada, que no, que no, que a mi me gustan los tíos, el Manolo, y el Atleti. Bueno, tampoco tanto, fui a Neptuno porque Manolo me dijo que iría, que después ni fue, que si no, ahí me iban a ver a mí, tan ridícula disfrazada de rojo y blanco. Pero si no me gusta el fútbol» se dijo para sí Soraya y sonrió a sus amigas.

    «Somos tan iguales en el hecho diferenciador que sólo nos diferencia, o nos une el disfraz, el color de la máscara, o de la bandera, o de los pendientes, que unos los llevan en las orejas y otros ahí, sí, en ese sitio tan incómodo. A las procesionarias de negro les siguen los disfraces rojiblancos y con el calor el sarampión de los guerreros y las guerreras del arco iris. Todos reivindicamos algo, ya sea el abrazo a la diferencia y al homónimo o la explicación de lo inexplicable. Tacones por aquí, balenciagas por acá, correajes por allá, plumas por acullá, sudor, oraciones o goles en propia puerta… Ponte la máscara y podrás tener felicidad, porque todos llevan su disfraz, ponte la máscara, tu máscara y te servirá de talismán. No salgas a la calle sin la máscara» escribió en su cuaderno aquel señor que se parecía a Ian Gibson, se parecía.

    El camarero les sirvió a las señoras un cubo con botellines de Mahou. El tercero.

 

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